A veces es muy tarde para rectificar errores dilatados, el mío, está claro, ha sido siempre haber amado de forma tan sincera a la persona equivocada, haber estado ciego por puro amor ante su falta de amor, haber soñado con grandezas del alma inexistentes y haber hecho de esa falsedad la realidad tangible de mi día a día, que en años se hace largo y pesa en la maleta de lastre acumulado.

Ahora solo he de reprocharme yo tanta ceguera, alguien me dijo una vez que las personas no son lo que queremos ver en ellas, y que razón tenía, aunque lo peor es mi empeño de intentar cambiar su condición por otra y, en ese cambio, me descubro como ella tan egoísta y falsa, abomino de mi condición de pobre ser humano, débil y fatuo en ese gesto prepotente de divina gracia, en nada conseguida.

Que triste confusión de mi sentir me ha llevado al estado de ruina del alma, que lejos estoy ya de los albores de la vida, cuando los cambios son posibles por constancia y costumbre, que difícil el giro, cuando ahora está la cuesta arriba pronunciada y la inercia nos tira desde abajo.

Hubo un tiempo en que la vida empujaba sin tregua en un sentido y ambos lo seguimos, sin fijarnos a penas en que el camino se iba bifurcando, andando cada uno en paralelo, cruzándonos en puntos, intercambiando a ratos sentimientos, unos sinceros, quiero pensarlo así a pesar de evidencias tan ingratas, otros muchos forzados. A ella nunca dejé de verla, pero a mi me envolvió la niebla densa del acto cotidiano y me hizo difuso en su presencia, lo triste es que fuera desde lo prematuro del inicio y todos estos años es como si nunca hubieran sido, solo por mi soñados.