Hace unos días me tropecé en la calle con una muy querida amiga de siempre, desde nuestros días de juventud. Hablamos poco, solo los saludos de cortesía de quien hace tiempo no se ve, pero en sus ojos, antes espectaculares, descubrí una falta de vida que me llamó la atención; quizás por que no sabía de nada desde hace mucho, quizás por que el cambio en su mirada me era tan extraño, le propuse quedar en otro momento para un café con calma.

Ayer estuve con ella, tomábamos café y charlábamos como antes, como si no hiciera años desde la última vez, hasta que llegaron las rutinarias preguntas por la familia, los hijos y, por último, su marido, del que nunca fui amigo. Entonces ella definitivamente se quitó el rictus de felicidad forzada y manteniendo mi mirada me confesó que después de mas de treinta años a su lado acababa de conocer su verdadera naturaleza, la de una persona egoista, cínica y prolongada y reiteradamente infiel desde la época de su noviazgo hasta la fecha, que intentaba salvar con pocas esperanzas un matrimonio que había sido una mentira desde el principio, aunque solo fuera por que sus hijos no vivieran la verguenza de saber que tenían un padre de semajante calaña, y que ya no le quedaban fuerzas para seguir luchando por el que había sido el amor y único hombre de su vida...jamás, nunca jamás, había sentido la tristeza de una persona como en el instante de esa confesión.

Su historia es digna de una novela y aun dirían que era demasiado truculenta para ser cierta.

Al marido nunca le perdonaré haber matado esa mirada de otro tiempo.